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El capitán Lubomudrov y sus rusos que no eran rusos - de Alberto Raúl Zelaya
3er premio Juan Rulfo (cuento)
— ¿Boris? —insistí sin poder creer lo que acababa de oír y deletreé muy despacio nombre y apellido tratando de conjurar cualquier equívoco— ¿B-o-r-i-s H-e-i-n-e-m-a-n-n con dos enes al final?”
Fue una tarde de mayo, en el restaurante Zur Eiche, cuando el mono Palmieri me dijo que Boris había muerto. Añadió que había leído la noticia en Clarín por casualidad. Yo no quise creerle, se me hizo mentira porque el viejo era sano como un roble. También me dijo Palmieri que Boris había muerto en Ámsterdam en circunstancias poco claras. Según la policía local, un marinero ruso de nombre Sergei había pernoctado la noche anterior con Heinemann. Se sospechaba que podría tratarse de un crimen con ribetes escabrosos. El vasco Mendiburu que también estaba con nosotros agregó que nadie se explicaba por qué Boris había viajado de improviso a Holanda y señaló que le era difícil aceptar que alguien tan serio y puntilloso se hubiera alojado en un hotelucho de mala muerte cerca de los muelles.
Boris fue nuestro profesor de alemán en cuarto y quinto año. Acaso por ser extranjero no estaba muy dotado para refrenar esa recua adolescente que estaba a su cargo y tenía serios problemas de disciplina en las clases. Muchos le decían el alemán boludo y el gordo Grassi, que no ocultaban sus simpatías nacionalistas, lo apodaba el Untermensch, el infrahumano. Yo, en cambio, que sentí frágil y vulnerable a Boris le tomé simpatía y cuando terminé el secundario lo visitaba cada tanto en su departamentito de la calle Villate en Florida. Un hombre tan solitario hizo de nuestros esporádicos encuentros una amistad; me convirtió en su confidente, me dejó como legado sus apuntes, diarios y memorias y me relató miles de veces su historia. Ahora que murió la puedo contar.
* * *
Boris Heinemann había nacido y fue conocido durante su infancia y juventud como Klaus Friedrich von der Groeben. Era pariente directo de una familia noble de Brandenburgo. Su padre, un ingeniero vial que había participado en el diseño de la primera Autopista Colonia–Bonn, fue quien lo aficionó a las máquinas veloces de inicios del siglo XX, los autos y los aviones. A mediados de la década del treinta, Klaus von der Groeben se graduó con honores en una academia militar de Dresde y se incorporó a la recién restablecida Luftwaffe. Hizo sus primeras experiencias de combate aéreo en Guadalajara y Guernica, participó en las demoledoras incursiones de los Messerschmitt sobre Polonia, apoyó el rápido desplazamiento de las divisiones acorazadas en Francia y se distinguió como comandante de un bombardero Heinkel en las sucesivas e incontables misiones que se lanzaron sobre Coventry.
—Estaba orgulloso de mí —me explicó varias veces un Heinemann bastante avergonzado— la batalla ocurría allá abajo, me sentía como una emanación oscura y despiadada de la ira de los dioses. No me tocaba ver a mis víctimas, no estaba salpicado por su sangre, era sordo a sus gemidos y estertores. En mi exigua carlinga estaba a salvo de los incendios y derrumbes que yo infligía al enemigo. Me consideraba a mí mismo como un oficial valiente, meticuloso y disciplinado. En dos oportunidades merecí ser distinguido con las más altas condecoraciones del Reich. Me jactaba de ser descendiente de un oficial de la Legión del Rey de Prusia; uno de los intrépidos que durante las guerras napoleónicas cayeron en el sitio de Salamanca. Además, me vanagloriaba de contar entre mis ancestros a uno de los primeros exploradores del sudoeste africano. Fue un botánico y zoólogo aficionado que descubrió varias especies exóticas, una de las cuales lleva nuestro apellido. Yo estaba satisfecho de mis orígenes y contento con mi suerte; me mostraba reverente y cordial con mis superiores, era arrogante y despiadado con mis subordinados. Vivía feliz en Potsdam con mi familia, con Paula mi mujer y mi hija Ingrid. Así era yo en aquel entonces, Klaus Friedrich von der Groeben.
—Pero nada iba saliendo bien para Alemania —así le gustaba continuar su historia a Heinemann—. Aquel fue el año del multitudinario desembarco en Normandía y poco después culminaría con éxito la “Operación Bagration” que permitió al Ejército Rojo afianzarse en la frontera ruso-polaca. Ya no era un secreto que los alemanes estábamos perdiendo la guerra en todos los frentes. Muchos oficiales pensaban que era hora de actuar y comenzaron a conspirar encubiertamente. Después de la derrota von Paulus en Stalingrado, las órdenes que se recibían del alto mando comenzaron a ser disparatadas, ajenas a las realidades del frente de batalla y ni siquiera tenían en cuenta los recursos disponibles. Como la derrota era inminente, la más inocua de las críticas a la estrategia de combate era percibida como una muestra injustificada de derrotismo o, lo que es peor, considerada como una prueba palmaria de alta traición. Para mi desgracia, hice delante de terceros un comentario ligero o irónico sobre el Mariscal Goering, el Führer o el Partido Nacional Socialista. Uno de los tantos agentes encubiertos que infestaban la Luftwaffe de inmediato me denunció.
Habíamos vuelto de una misión en la que sufrimos importantes pérdidas. Yo estaba en el casino de oficiales jugando al billar con algunos compañeros —proseguía con vehemencia Heinemann, a veces con dificultades para encontrar la palabra justa— cuando vimos aparecer de improviso dos oscuros y tenebrosos uniformes de las SS en la puerta principal; llevaban las ridículas insignias de sus absurdos rangos (Obersturmbahnführer y Untersturmführer). No oí sus apellidos, tampoco importaba podrían haberse llamado Schmidt o Maier. Creí que buscaban a uno de mis hombres que se había vuelto algo temerario en sus críticas. Pero no fue así, preguntaron por mí y me hicieron pasar a una salita contigua. Allí me interrogaron sobre mi lealtad al régimen y di la respuesta que se esperaba de un oficial alemán en aquellas circunstancias. Haciendo caso omiso a mis palabras, el más antiguo sacó unos papeles de su portafolios, los leyó con cuidado y luego me preguntó:
— ¿Conoce o conoció usted a Jutta Heinemann?
Le respondí que era mi abuela materna. Inclinó levemente su cabeza, asintiendo a mis dichos y volvió a inquirir.
— ¿Usted supo o estaba en condiciones de saber que Jutta Heinemann era de raza judía?
Tal fue mi terror que mentí.
—Mi abuela —balbucí— murió mucho antes de que yo naciera y nunca nadie me comentó que fuese judía.
Me miró fijamente como si descreyera de mi respuesta o la desaprobara.
—Para las leyes del Reich —replicó— eso es irrelevante; usted es uno de esos despreciables Mischlings que, como tan bien los caracterizó el Führer, son seres a mitad de camino entre un hombre y un mono. Usted no puede continuar usurpando el uniforme de oficial de la Luftwaffe. Me tiene que acompañar.
Tan horrendo les resultaba mi estigma que no me dejaron hablar ni con mis compañeros de armas ni con mi familia. Al amanecer del día siguiente me vistieron con ropa civil, me colocaron la estrella de David de tela amarilla que todavía llevo sobre mi pecho y me hicieron subir al tren que me transportaría a Auschwitz.
Muchas veces imaginamos el infierno como la ausencia de Dios —me solía decir Heinemann—. Algunos llegaron a decir que Dios no estaba allí. Pero en Auschwitz, yo que nunca tuve una especial devoción religiosa comencé a ver a Dios, a conversar con Él, a tocarlo con mis manos, a olerlo cada día. Era un Dios diametralmente diferente al que imaginan las almas piadosas, era un Dios impenetrable para la especulación de filósofos y teólogos, era un Dios hermético que no podrían vislumbrar los gnósticos y hacia el que nunca alcanzarían a transportarse los místicos. Era un Dios inefable que nadie podría haberme descrito o definido. Ese Dios por no estar hecho de piedra ni de madera estuvo siempre a mi lado. Ese Dios saciaba mi hambre, inundaba mi soledad, sosegaba mi desesperación y me reconfortaba en mi agonía.
Cinco meses después del arresto, el comandante del campo, cumpliendo una orden de la Corte del Distrito de Potsdam, mandó a llamar a Klaus von der Groeben a su oficina, lo hizo sentar y en su presencia le fue leída la sentencia de divorcio dictada a solicitud de su esposa Paula. A partir de aquel momento, disponía el fallo, su cónyuge ejercería la patria potestad exclusiva sobre la hija de ambos (estaba sobreentendido que von der Groeben por ser Mischling no tendría el derecho de volver a ver a Ingrid). El comandante, después de ordenarle que firmara la notificación, se compadeció y murmuró algo así como: Es tut mir leid, Herr Oberstleutnant. Fue aquella la única muestra de humanidad que recibió Klaus de sus carceleros.
Al regresar al Lager trastabillaba, el mundo o mejor dicho su mundo lo había abandonado. Allá lejos quedaba el Reich que había soñado y por el que se había batido tenazmente. Tampoco tenía mujer ni hija. Se tendió a lo largo del camastro y se dijo que aquella noche caminaría hacia la alambrada y esperaría erguido junto a un poste hasta que los reflectores lo enfocaran y llegase la ráfaga liberadora de los centinelas. Así había visto morir incontables prisioneros y no le pareció inapropiado terminar sus días en aquella forma.
—Aquel sería el último día de mi vida, así lo había decidido —susurraba Heinemann para atraer aún más mi atención— en el almuerzo, cedí mi ración de sopa a un joven checo, quien al recibirla puso más cara de incredulidad que de alegría y, luego, cuando le prometí también mi cena (un pedazo de pan negro y duro con una rodaja de salchichón) se le iluminaron los ojos, pero quizás por timidez apenas murmuró las gracias.
Miré a través de la ventana y volví a ver las barracas atestadas de prisioneros, los lodazales y los charcos, los uniformes a rayas gruesas blancas y negras, los cuerpos descarnados y mal abrigados. Mis compañeros de infortunio se van pareciendo cada vez más entre sí, reflexioné, advertí también que mis propios rasgos se habían acentuado y ahusado de la misma manera. Las caras de todos ellos sin excepción habían ido perdiendo día tras día el color hasta adquirir ese tono pálido con un matiz entre siena y verdoso que les era característico. Irreparablemente aquellos hombres, me dije, se habían ido transformando en una sombra de lo que fueron. Sentí piedad por ellos y tuve miedo por mí.
(Memorias de Boris Heinemann, Págs. 30 y 31)
—Hubiera preferido morir en el fragor de la batalla con mis camaradas—reflexionaba Heinemann, siempre con un dejo de amargura al llegar a esta parte— y no como un trasto viejo perdido en aquel muladar. Moriría en el Lager, estaba seguro de que aquellas serían mis últimas y definitivas imágenes que me llevaría de este mundo. Sentí como si la mano de Dios me hubiese soltado. Maldije al traidor que me delató para hundirme en un despeñadero. Maldije a Paula, mi ex esposa, que me abandonó y se volvió en mi contra en aquel momento tan crucial. Maldije a mi abuela Jutta, a quien sólo conocí en las fotos del álbum familiar, por haber nacido judía. Maldije mi hora y mi destino. Maldije mi oscura noche.
Atardecía cuando llegó un tren desde el Oeste. En aquellos días a la hora del crepúsculo casi siempre llegaban trenes de Francia o de Holanda. Se oyeron a la vez: los silbatos estridentes, los ladridos enfurecidos, las voces de los kapos gritando Schnell! Schnell! Aquella humanidad se movía aterrada en el andén al conjuro de los látigos y bastones de los SS. Tres o cuatro médicos en contados minutos comenzaron a separar los réprobos de los elegidos. A los réprobos los fueron guiando hasta un galpón donde los hicieron desnudar totalmente. Les dijeron que fueran dejando allí sus enseres, sus joyas y dinero (por ahora nada de esto les servirá después les devolveremos todas sus cosas, les prometieron), les asignaron perchas numeradas para colgar sus ropas (así podrán encontrarlas más fácilmente, les aseguraron), les entregaron cordones para atar sus zapatos en pares (así no se les pierden, les aconsejaron). En apenas dos o tres minutos, los peluqueros raparon sin distingos a hombres y mujeres. Entretanto algunos niños y niñas lloraban porque les obligaron a dejar sus juguetes o porque no encontraban a sus padres. Otros prisioneros los fueron conduciendo hacia las cámaras. Era un simple baño (no tomará más de cinco o diez minutos, los tranquilizaron) y para corroborarlo les mostraron las cañerías y las flores de las duchas. Pesadamente, se cerraron las puertas de hierro. Un gas denso y sofocante fue invadiendo la estancia. Incrédulos, aterrados o simplemente resignados comenzaron a toser y a gemir. Los ahogos se convirtieron en asfixia, los espasmos en convulsiones y, de repente, aquel apretujado contingente de cabezas, torsos, muslos y brazos se desmoronó sobre el duro piso de cemento como si fuera un magma frío e inerte. Después de casi media hora, los Sonderkommandos se lanzaron ávidos sobre los cadáveres para sonsacar dientes de oro y buscar joyas y dinero. Mientras tanto los peluqueros terminaron de limpiar el galpón barriendo, recogiendo y embolsando los cabellos de las víctimas. Unas sombras grises se encaramaron en el tren para extraer los viajeros muertos durante el viaje y lavar con sus potentes mangueras los vagones, eliminando todo vestigio. Otros Sonderkommandos fueron transportando los cuerpos en carretillas de madera desde las cámaras de gas hacia los hornos crematorios. Todo se hacía con premura cuidando que el ciclo inexorable de la rueda se cumpliera con puntualidad y diligencia.”
(Memorias de Boris Heinemann, Págs. 35 y 36)
A media noche, abandoné mi barraca por una puerta escondida. Todos dormían y la noche estaba sosegada. Como pronto nevaría, la luna y las estrellas se habían ocultado. Caminé muy despacio en dirección a la cerca de alambre de púas tratando de no caerme. Una impenetrable negrura me rodeaba y no dejaba vislumbrar mi camino. Pero yo iba decidido hacia el encuentro. Mi brazos y piernas se sumieron en una espesa muralla de silencio y de tinieblas que todo lo absorbía y deglutía. Detuve la marcha, no recuerdo si dos o tres veces, intentando distinguir alguna señal y al no encontrarla me sentí confundido y derrotado. Aunque no tengas camino por delante –me dije– haz lo imposible para llegar a la alambrada, sólo así podrás desprenderte de ti mismo para siempre. Miré a mi alrededor y no vi ser viviente alguno, tampoco oí ruidos y me asombró que hasta los haces de los reflectores hubiesen interrumpido su recorrido rutinario. Volví a caminar a tientas con los brazos extendidos y así continué avanzando paso a paso hasta que alcancé la meta anhelada. Sólo me quedaba esperar en soledad.
(Memorias de Boris Heinemann, Págs. 41 y 42)
* * *
Una voz salida desde el fondo de aquella impenetrable oscuridad dijo en ruso algo así como
— ¿Un cigarrillo, alemán?
El desconocido encendió un fósforo y Klaus von der Groeben se encontró con dos ojos agigantados por el resplandor de la llama que lo miraban con fijeza. El desconocido agregó en un impecable alto alemán:
—Te estábamos esperando. Mis hombres y yo te necesitamos.
—Fue así como conocí al verdadero Boris —me confesó más de una vez Heinemann y agregaba— porque mi amigo se llamaba Boris Mijahilovich Lubomudrov. Desde aquel cigarrillo que fumamos juntos hasta el día de su muerte, compartimos todo en Auschwitz. ¿Cómo olvidarlo a él? ¿Cómo olvidar a sus cuatro rusos que no eran rusos? Porque Boris, el verdadero Boris —aclaraba a renglón seguido Heinemann— era ruso y capitán del Ejército Rojo. Lo habían hecho prisionero en un suburbio de Lvov, junto con cuatro de sus hombres: Paramaz el armenio, Irakli el georgiano, Markus el estón y Kirilo el ucraniano. Boris y sus cuatro rusos, como los llamábamos en el Lager, hablaban un alemán muy fluído, aunque a veces sin advertirlo pronunciaban algunas oes como aes.
El Capitán Lubomudrov era oficial de la Spetsnaz y burló el cerco de Leningrado con diez comandos a sus órdenes para infiltrarse y causar el mayor daño posible en la retaguardia alemana. Le proveyeron explosivos, municiones y una lista de partisanos con los cuales podrían organizar las guerrillas detrás de las líneas enemigas. Él y sus hombres habían sido entrenados para sobrevivir ante cualquier circunstancia. A menudo Boris Mijahilovich recordaba las palabras de su instructor “A cada soldado ruso le dan su equipo y una daga: con ella parte su pan, corta alambradas, destapa botellas de cerveza, cava trincheras y entierra a sus camaradas. A los spetsnazki nos asignan nuestro equipo y una daga que sólo usamos para matar o matarnos.”
La misión del grupo no era atacar a tontas y a locas al enemigo, ni acecharlo durante días, era golpearlo de manera fulminante cuando y donde menos lo esperaba, herirlo en sus puntos más vitales y después desvanecerse en silencio entre los bosques. Pocas veces podían volver a sus líneas y reaprovisionarse, de modo que vivían de lo que encontraban a su alrededor y del pillaje. Volaban puentes, descarrilaban trenes y organizaban focos de guerrilla. También, para hacer explotar los polvorines alemanes o para secuestrar algunos oficiales de alto rango, tuvieron que vestirse con uniformes enemigos. Su deporte favorito era pasar los retenes sin ser detectados. Hicieron la Gran Guerra Patriótica de una manera más independiente y romántica que en las grandes unidades de batalla.
Cerca de Lvov, Lubomudrov y sus hombres fueron cercados por efectivos alemanes. Boris Mijahilovich reunió a sus camaradas, que en ese momento sólo eran cuatro, y les explicó que no tenían salida.
—Los spetsnazki nunca nos rendimos —los arengó y agregó para darles ánimo que en su ciudad se decía con orgullo— Troya se rindió, Roma cayó pero Leningrado no se entrega. ¿Lucharemos hasta el fin aunque no tengamos esperanza?” —les preguntó retóricamente.
Pero Boris sabía que todas aquellas consignas habían sido redactadas en la comodidad de los escritorios de Moscú, muy lejos del fragor de la batalla. Markus y Kirilo dijeron que estaban dispuestos a morir como buenos soldados, pero los otros que tenían mujer e hijos dudaron. El capitán Lubomudrov les transmitió su decisión:
—Hemos combatido con valor día tras día y versta tras versta hasta llegar aquí, el que tengamos una razón para seguir viviendo no nos convierte en cobardes ni en traidores. Lo siento pero no tenemos la menor oportunidad, es ir hacia un suicidio colectivo. No puedo permitirlo. Cada pequeña vida es más sagrada que la más heroica de las muertes; nos rendiremos ahora mismo.
Eran sus subordinados y no discutieron la orden, aunque por haberla acatado todos merecerían ser fusilados o ahorcados si fuesen atrapados por el Ejército Rojo. Se vistieron con los uniformes rusos y, con los brazos en alto, desarmados y enarbolando una bandera blanca, fueron al encuentro de la avanzadilla de alemanes que los había rodeado.
—Quizás —le gustaba conjeturar a Lubomudrov— pudimos salvar nuestras vidas porque, además del ruso, hablábamos alemán y otras lenguas eslavas.
Los oficiales alemanes los usaron durante varios meses como intérpretes, hasta que alguien decidió enviarlos a Auschwitz. Tuvieron la suerte de llegar poco después que casi todos los prisioneros de guerra rusos habían sido exterminados. Como las tropas soviéticas estaban cada día más cerca era dudoso que los alemanes quisieran arriesgarse a ejecutarlos, así al menos razonaban los rusos que no eran rusos de Lubomudrov.
— ¿Cómo puedo describirte a Lubomudrov? — se preguntaba con visible emoción Heinemann —. Es triste decirlo pero con los años su cara se me ha hecho muy borrosa. Era bajo, tenía ojos grises y según creo, una calvicie incipiente. Recuerdo también que era un poco panzón. Lo primero que me llamó la atención, fue que él y sus rusos se veían bien alimentados en Auschwitz, también parecían relajados y contentos con su suerte. Pero ¿cuál era su secreto? Al principio creí que, como formaban un grupo muy disciplinado y unido, se sentían más fuertes que los otros prisioneros. Eran temidos y respetados, su líder fue muy rápido para captar la esencia de Auschwitz.
—Este campo fue concebido para el exterminio —aconsejó Boris Mihailovich a sus hombres ni bien llegaron— si acatamos todas sus reglas moriremos, si las desafiamos nos matarán. Habrá que aparentar que las cumplimos y rogar para que no nos descubran.
Lubomudrov y sus rusos tenían el hábito arraigado de explorar su territorio con mucho detenimiento, como hablaban varias lenguas se comunicaban con la mayoría de los prisioneros y estaban al tanto de todo lo que ocurría. Se fueron ubicando en puestos claves, que eran aquellos en los que se podía conseguir cigarrillos, oro o dinero. Sobornaban por igual a los kapos y a los guardias, hasta que Boris y uno de sus rusos consiguieron ser destinados al casino de oficiales como lava copas. Los otros tres trabajaban bajo techo y sin agotarse en el Canadá, que era la zona del campo donde se procesaban el despojo de las víctimas. No les faltaba nada de lo que ellos necesitaban.
Pero ¿cómo explicar esa felicidad que irradiaban todos ellos a pesar de las diferencias de personalidades y culturas? Klaus von der Groeben un día se lo preguntó sin ambages a Boris Mijahilovich quien sacó de su bolsillo una diminuta escalera hecha en cuero con más de cien minúsculos peldaños bordados en hilo dorado y que terminaba en cuatro triángulos. Le explicó:
—Es una especie de rosario, en ruso la llamamos lestovka y yo siempre la llevo conmigo—. Hizo una breve pausa y le confió —. Este es mi secreto. Soy un viejo creyente y estoy unido a Él, eso es lo que me da valor, persistencia y sabiduría.
Klaus von der Groeben le contó su historia y cómo había sentido él también la presencia de Dios a sus espaldas durante los primeros días en el campo y que después dejó de verlo, oírlo y olerlo.
—Dios me ha abandonado, me ha dejado caer en este agujero desolador —le confesó Klaus—. No soporto oír las locomotoras, no puedo sufrir que los hagan caminar como si fueran ganado, que los lleven a su muerte con engaños, que hasta su mismo pelo lo hayan convertido en botín de guerra.
—Pero si este Lager también forma parte de tu Reich —fue la réplica ácida de Lubomudrov y agregó— Este campo es otro de sus monumentos, es un símbolo tan importante como el nuevo Reichtag, el Estadio Olímpico o la Tribuna Zeppelin. Auschwitz no será la mejor cara del Reich, Klaus, pero es la más auténtica. Tú también luchaste por expandir el Reich quien te abandonó fue tu Führer no tu Dios.
Lubomudrov tenía el buen sentido de los campesinos, era abierto y llano en el trato, pero su cualidad más destacada era su carácter alegre y divertido. Vivía obsesionado con las polacas y alemanas del burdel de Auschwitz, siempre conseguía vales para visitarlas. Sabía cómo encontrar el mejor vodka que los prisioneros fabricaban a escondidas y se emborrachaba como un cosaco. También organizaba grandes partidas de dados y de cartas animando a todos a apostar.
Irakli y Markus supieron que los guardias querían incluir a Klaus von der Groeben en la nómina Sonderkommandos. Eran los prisioneros que menos tiempo sobrevivían en Auschwitz. Debían ocuparse de aquellos que, por ser demasiado jóvenes o demasiado viejos, por estar enfermos o ser débiles, eran eliminados el mismo día de su llegada. Limpiaban las cámaras de gas y transportaban los cadáveres a los hornos crematorios. Fue Kirilo quien vaticinó que von der Groeben no duraría más de una semana en esa fajina. Moviéndose con habilidad y tocando los resortes adecuados, Boris Mihailovich consiguió sacarlo de la lista. Sus hombres comenzaron a rodearlo y protegerlo. Las dos o tres veces que cayó enfermo lo asistieron y le reforzaban sus raciones de comida con medicamentos y tónicos. Por fin, le consiguieron un puesto en el casino de oficiales y gracias a eso pudo salvar la vida.
Algunos días después, Klaus von der Groeben consultó con Boris Mijahilovich cómo podría ayudarlos cuando todo aquello terminara. Tenían información precisa de que el Ejército Rojo liberaría a Auschwitz en cuestión de semanas.
—Debemos ser prudentes —le comentó Lubomudrov— es en los momentos de caos y frenesí cuando se cometen las mayores estupideces. Por habernos rendido al enemigo, mis hombres y yo somos para el Ejército Rojo peor que desertores. No tenemos otra alternativa que escaparnos hacia el oeste; nos haremos pasar por alemanes, esa es nuestra especialidad —ironizó—. La idea es llegar a Hamburgo y embarcar hacia algún país de Sudamérica. Necesitamos tu guía porque no conocemos Alemania.
Klaus Von der Groeben les prometió ayudarlos e hicieron planes; tendrían que elegir sus lugares de nacimiento ficticios en pueblos o ciudades pequeñas totalmente destruidas para que los certificados y documentos de identidad que necesitaban no pudieran ser corroborados. No les fue difícil dar con esas localidades que, por otra parte, abundaban. Ubicaron en el Lager un rumano especialista en fraguar y adulterar todo tipo de documentos, quien en cuestión de días les preparó un juego de identificaciones para Dieter, Helmut, Hans, Rudolph y Werner que así comenzaron a llamarse Lubomudrov y sus rusos.
Unas noches después cuando estaban en la cocina del casino de oficiales, Boris Mijahilovich le habló a Klaus de su compañera Irina y de su hijo Sergei; le exteriorizó sus dudas sobre si podría reencontrarlos al fin de la guerra porque más seiscientos mil civiles habían muerto en el sitio de Leningrado. Le dio todos los datos a Klaus para que en un futuro y, de ser necesario, pudiera localizarlos.
—No sé, alemán, si saldré con vida de esta guerra; pero si muero —le rogó Lubomudrov— sólo quiero que conozcas a mi hijo y le cuentes cómo fue su padre.
Siguieron hablando de los planes, mientras terminaban de limpiar la vajilla de los oficiales. Von der Groeben estaba entusiasmado con guiarlos hasta Hamburgo y Lubomudrov fantaseaba con las playas de Río de Janeiro. Un suboficial, de apellido Richter, que los estaba supervisando se retiró por unos minutos. De pronto, Klaus descubrió sobre la mesada de la cocina una frutera rebosante de manzanas, no pudo contenerse y tomó una. Cuando volvió, el Rottenführer Richter se dio cuenta del faltante y sin decir agua va increpó a Boris Mijahilovich:
— ¡Ruso ladrón te robaste una manzana, te voy a matar!— y sacando de la cartuchera su pistola le apuntó en la sien.
—Yo no sabía qué hacer —admitió un Heinemann acongojado— pero cuando hice el gesto de querer devolver la manzana que tenía en mi bolsillo, la penetrante mirada de Boris Mijahilovich me paralizó. Para mí fue evidente. Entendí, creí entender, que si yo lo contradecía Richter nos mataría a los dos. Quedé aterrado cuando Richter disparó su pistola y mi amigo, mi entrañable amigo, cayó sin vida sobre el piso de la cocina. Muchas veces, me he preguntado si Lubomudrov me hizo la seña o si yo por cobardía me la imaginé.
Los cuatro rusos se desmoronaron después de la muerte de su jefe. Cuando Auschwitz fue liberado, un Comisario del Partido los interrogó durante casi toda la noche. A la mañana siguiente, un camión militar del Ejército Rojo los llevó con rumbo desconocido. A pesar de que Alemania de posguerra era un caos, von der Groeben superando innumerables vicisitudes pudo llegar a la que había sido su casa en Potsdam. Allí le informaron que al conocer la noticia de su arresto Paula e Ingrid se habían mudado a Hamburgo y vivían en el barrio de Saint Pauli. Klaus intentó encontrarlas sin dar con ellas durante casi seis semanas y, con seguridad, seguiría buscándolas sino fuera por un vecino compasivo que le mostró unas cartas enviadas por ellas desde Argentina. Con el poco dinero que tenía, pudo comprar un pasaje de tercera clase en una motonave que zarparía a la semana siguiente para Buenos Aires. Tal como le indicaron en la compañía naviera, Klaus von der Groeben se presentó a primera hora de la mañana en el Consulado argentino para tramitar su visa e hizo pacientemente la cola. Cuando llegó su turno y le preguntaron cómo se llamaba, respondió:
—Boris Heinemann —y deletreó muy despacio nombre y apellido tratando de conjurar cualquier equívoco— B-o-r-i-s H-e-i-n-e-m-a-n-n con dos enes al final.
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20, may | sin comentarios lidia inés compártelo Tags: literatura arte cine musica

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